domingo, 9 de mayo de 2010

El Desencuentro

Pensar, su pasatiempo favorito. Ella creía estúpidamente que eso la convertía en una persona diferente a las otras, una intelectual, pero no era así. Ella estaba dotada de una inteligencia insuperable y una belleza infinita, pero su falta de experiencia y su lentitud la volvían un ser vulnerable en prácticamente todos los sentidos. Era un despedicio total y absoluto, como chica, como mente, como humana.
La noche anterior él había hecho una de esas cosas que a veces hacemos en la vida. Estaba indeciso, tenía una importante decisión por tomar. Sabía que esa noche, las cosas cambiarían y que quizás jamás volverían a ser lo que solían ser. Dentro de él, en lo profundo y externo de su pensamiento, sabía a quién deseaba escoger, pero las cosas se le estaban haciendo más que difíciles: no la entendía. Claramente creyendo en el destino, envió una señal confusa (digna de una respuesta desde luego). Supuso que si su señal era respondida, elegiría a aquella chica que quería escoger. Para su sorpresa, no hubo respuesta. El destino había hablado. Tomó su decisión con convicción y se terminó para él. No tendría de nuevo dudas existenciales.
A la mañana, llegó cansada a su casa después del cumpleaños de su mejor amiga y se encontró con su señal. Le había resultado raro, pero se alegró la muy necia jovencita. Interpretó esa señal como un símbolo de que él había querido hablarle. Confiada de sus dotes y de su naturaleza bella se tiró en la cama dispuesta a descansar después de tan agitada noche. Ignoró por completo que uno de los más catastróficos sucesos en la historia de su vida había sucedido hacía apenas dos horas.
La noche había comenzado como cualquier otra, había salido corriendo como de costumbre y llegado tarde como de costumbre a la casa de su mejor amiga. Se pusieron al día con las tantas cosas que tenían que decirse y su amiga le comentó que había olvidado cerrar su sesión en la computadora. Ella era distraída, siempre le sucedía lo mismo, pero nunca le había traído ningún problema: hasta esa noche. No sabía que mientras ella cantaba y celebraba, él había intentado casi desesperadamente comunicarse con ella, pues una señal mínima simbolizaba un nivel de desesperación máximo en él.
Por eso pasó la noche segura de sí misma, segura de ella y él, segura de todo, confiada de la vida, de sus habilidades, de sus aptitudes, de sus dotes. Demasiado segura. Ella se sentía "la meta", pero no era así, ella era una competidora y, como la liebre, dormía bajo la sombra de un árbol, confiada de poder vencer a la tortuga. Volvió a su casa, durmió y despertó con el corazón congelado. La carrera había terminado.

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